Cuando las emociones vuelven a fluir
Hay emociones que llegan, nos atraviesan y, si les damos permiso, también se van. Pero cuando intentamos esconderlas, ignorarlas o fingir que nada ocurre, muchas veces terminan quedándose a vivir dentro de nosotros. Y una emoción guardada no desaparece simplemente porque dejamos de hablar de ella: puede transformarse en enojo, cansancio, ansiedad, irritabilidad o en esa extraña sensación de sentirnos pesados sin saber exactamente por qué. Así vamos acumulando conversaciones que nunca tuvimos, lágrimas que no soltamos, palabras que quisimos decir, despedidas que no terminamos de aceptar y situaciones que seguimos repasando una y otra vez en nuestra cabeza.
Es como el agua cuando deja de correr: poco a poco pierde su movimiento. Algo parecido puede suceder dentro de nosotros cuando nos aferramos demasiado tiempo a lo que sentimos. Por eso sanar no siempre significa encontrar una explicación para todo; a veces sanar es simplemente permitirnos sentir. Llorar cuando necesitamos llorar, hablar cuando necesitamos hablar, respirar, escribir, meditar, movernos o incluso guardar silencio. Se trata de darle un espacio a la emoción sin convertirla en nuestra identidad, porque tú no eres tu tristeza, no eres tu miedo y tampoco eres ese enojo que alguna vez apareció en tu vida.
Las emociones nos visitan y, muchas veces, vienen a mostrarnos algo, pero eso no significa que tengan que quedarse para siempre. Cuando dejamos de luchar contra lo que sentimos y comenzamos a escucharlo, algo dentro de nosotros empieza a aflojarse. Poco a poco aparece espacio para respirar, para comprender, para aprender, para perdonar y para comenzar nuevamente. No se trata de negar lo que ocurrió ni de fingir que no dolió; se trata de reconocer aquello que sentimos, darle un lugar y permitir que siga su camino.
No necesitas cargar durante toda la vida con aquello que un día te hizo daño. Puedes sentirlo, aprender de ello, agradecer incluso aquello que vino a mostrarte y, cuando llegue el momento, dejarlo ir. Porque soltar no significa olvidar; significa dejar de permitir que el pasado siga ocupando todo el espacio del presente. Y cuando dejamos que nuestras emociones vuelvan a fluir, también nosotros comenzamos a avanzar, con más libertad, con más conciencia y con la posibilidad de volver a construir nuestra vida desde un lugar diferente.
Marcelo Torres Cruz
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