domingo, 29 de junio de 2025

Columna del día

Los cánceres que llevamos dentro
Por Marcelo Torres Cruz
Directora ejecutiva de la Corporación Laboratorios Pedagógicos de Familias

Hace poco, mientras participaba en el programa Titanes Caracol, tuve una de esas experiencias que desnudan la realidad con una crudeza que duele. Pude observar con más claridad la radiografía emocional y social de lo que somos como familia colombiana. Y lo que vi, lo que sentí, fue devastador: estamos enfermos. Nuestra familia —ese primer nido, ese supuesto refugio— hoy es escenario de múltiples cánceres.

Sí, cánceres.
No hablo de los biológicos, sino de los invisibles.
Cánceres de dolor, cánceres de silencios, cánceres de violencia, cánceres enmascarados de indiferencia y miedo. Son tumores que crecen en la sala de la casa, en la alcoba, en la cocina, en lo no dicho. Y lo peor es que no hemos sabido cómo extirparlos.

Según El Diario ell País, en el año 2024 se registraron 129.400 denuncias de violencia intrafamiliar. Pero esa cifra no cuenta a quienes callaron, a quienes aprendieron a sonreír con los labios rotos. Tampoco dice nada de las 7.000 personas que murieron por causa directa de esa misma violencia, de esa guerra sin trincheras que estalla entre las paredes del hogar.

En el mismo año, el conflicto armado colombiano dejó 359 víctimas. Sí, 359. Un número aterrador. Pero hay un contraste brutal: mientras seguimos hablando del conflicto “allá afuera” —en el monte, entre guerrilleros y militares—, olvidamos que el verdadero conflicto está ocurriendo dentro. Dentro de nuestras casas. Dentro de nuestras camas. Dentro de nuestros hijos.

Recuerdo una escena en Nariño. Un joven de las FARC, de apenas 17 años, fue abatido por el Ejército. Le dispararon en la cara y se le cayó el rostro. Lo vi, y no pude dejar de pensar: ¿Dónde estuvo el papá? ¿Dónde estuvo la mamá? ¿Quién le dio ese abrazo que no recibió? ¿Quién le enseñó a vivir, a perdonar, a amar?

Quizás muchas de las decisiones más nefastas que tomamos en la vida tienen su origen en el dolor no resuelto del hogar. En esa violencia estructural que no viene de afuera, sino de adentro.

Por eso hoy más que nunca necesitamos mirar hacia adentro. Urge hacer revisiones profundas, crear pactos reales, llamar a la reconciliación. Pero no esa reconciliación abstracta de discursos vacíos. Me refiero a una reconciliación íntima, cara a cara, corazón a corazón.

El perdón es con Dios.
Pero la reconciliación…
La reconciliación es con el otro.

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