Columna de Marcelo Torres Cruz
Director Ejecutivo de la Corporación Laboratorios Pedagógicos de Familias
Cuando alejarse también es amar
Nos enseñaron que la familia era un refugio. Una tierra sagrada que debíamos cuidar aunque nos doliera. Crecimos escuchando frases que pesan como cadenas: “es tu madre”, “es tu padre”, “la sangre llama”. Pero ¿y si no siempre llama a un abrazo, sino a una trampa? ¿Y si la sangre también aprieta?
Los estoicos, con su brutal y lúcida honestidad, ya lo sabían. Epicteto lo dejó escrito como si hablara de nuestras propias heridas: “Lo que no depende de ti, no te pertenece”. No todos nacen con el privilegio de un hogar amoroso. Algunos nacemos en trincheras disfrazadas de salas, en tormentas que se camuflan con álbumes familiares.
El problema no es la familia. El problema es la idealización.
La psicología lo repite en voz baja, porque aún incomoda: hay padres que hieren más que cualquier enemigo, hermanos que repiten violencias como herencias silenciosas. Y ahí, en medio de la culpa, el niño interno grita: ¿Por qué no me ven? ¿Por qué no me aman como necesito?
Pero el estoico no se queda en el grito. Observa. Acepta. Y actúa.
No se trata de renunciar por rencor, sino de salvarse por amor. A veces, la única manera de seguir siendo humano es alejándose. No para olvidar, sino para entender. No para vengarse, sino para sanarse.
Poner límites no es una traición. Es un acto de lealtad hacia tu propia alma. Porque hay vínculos que solo florecen cuando se riegan desde lejos. Porque la paz mental no lleva apellidos. Y porque, aunque nos duela admitirlo, a veces el gesto más profundo de amor… es decir adiós.
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