Marcelo Torres Cruz
Director ejecutivo de la Corporación Laboratorios Pedagógicos de Familia
También a ellos los matan
Es lamentable. Aterrador. Un hecho que nos deja perplejos, rotos por dentro, sin palabras. David Nocua, tenía apenas 14 años. Un niño. Murió a manos de su pareja. Y sí, es un crimen que debería estremecernos a todos, aunque no encaje en la narrativa tradicional. No le llamarán “masculinicidio”. No ocupará portadas. No encenderá la rabia colectiva. Pasará —como tantos otros— al archivo silenciado de la violencia que se ejerce contra los hombres.
Lo ocurrido con David es más que una tragedia: es un síntoma. El síntoma de una violencia que también cae sobre ellos. Una violencia que, por no tener aún nombre o categoría, se vuelve invisible. Tenue. Soslayada. Y sin embargo, ahí está. Latiendo en muchos hogares, en muchos vínculos, en muchas historias que no se cuentan.
Esta semana me llegó un video a TikTok. Un hombre huía con una maleta en la mano. Detrás de él, su pareja, cuchillo en mano, lo perseguía con furia. En los comentarios, risas. Burlas. Justificaciones. “Seguro le hizo algo.” Como si el dolor tuviera género. Como si la violencia, en ciertas bocas, fuera legítima. El hombre corría. El miedo era real. Pero nadie lo quería ver.
Qué difícil es, para muchos hombres, acudir a una comisaría y decir: “me están golpeando”, “me están humillando”, “me siento en peligro”. ¿A quién le creen? ¿Quién los escucha? ¿Dónde está el protocolo, la línea de atención, la casa refugio?
Alguna vez, una amiga mía, feminista comprometida, me dijo algo que nunca olvidé:
“Soy feminista hasta que le pase algo a mi hijo.”
Y ahí lo entendí. Porque yo también tengo un hijo. Y también me duele.
Me duele saber que en este país la justicia aún no es ciega, ni equitativa, ni profunda. Me duele que el dolor se mida por género. Me duele que las palabras se politicen hasta perder su humanidad. ¿Qué diferencia hay entre el miedo de una niña y el de un niño? ¿Qué diferencia hay entre un golpe y otro?
Quisiera un país donde podamos mirarnos sin miedo. Sin gritos. Sin violencia. Un país donde no importe si eres hombre, mujer, niño, adulto mayor o cualquier otra identidad: la vida sea sagrada. El respeto mutuo. El amor, posible.
La violencia de género no es solo contra ellas. También es contra ellos. Y también, tristemente, contra los hechos.
Ya es hora de que lo digamos sin miedo. Ya es hora de que nos duela todo.
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