martes, 15 de abril de 2025

columna del día por Marcelo Torres Cruz director ejecutivo de la Corporación Laboratorios Pedagógicos de Familias

Todos estamos heridos Columna de Marcelo Torres Cruz 
Director ejecutivo de la Corporación Laboratorios Pedagógicos de Familias "LPF" 


 Hay un temblor secreto en la raíz de cada ser humano. Un estremecimiento callado que no se anuncia con gestos ni se delata con palabras, pero que habita detrás de cada mirada, bajo cada sonrisa domesticada por la costumbre. Todos estamos heridos. Tal vez no lo sepamos del todo, tal vez lo disimulamos con la maestría de los que aprenden a sobrevivir, pero en algún rincón profundo, donde ni siquiera el lenguaje alcanza, algo sangra. No es nuevo. No es moderno. Es una herida que viene con la condición de estar vivos, con ese arte brutal y maravilloso de sentir. El mundo nos entrena desde niños en el oficio de la ocultación: sonríe, endereza la espalda, di “todo bien” aunque el corazón esté en cenizas. Nos enseñan que mostrar la grieta es debilidad, que el dolor es asunto privado, que la fragilidad debe esconderse bajo el traje planchado de la normalidad. Y sin embargo, allí están, en todas partes: los silencios que gritan, las risas que ocultan vacíos, los abrazos que piden socorro sin decirlo. La madre que llora cuando los hijos duermen, el hombre que hace bromas para no confesar que está roto por dentro, la amiga que dice “estoy bien” porque ha aprendido que casi nadie pregunta dos veces. Nos cuesta hablar de nuestras heridas porque nos han hecho creer que el dolor desluce, que vulnera el prestigio, que nos vuelve menos. Pero tal vez, solo tal vez, nuestras heridas son lo más auténtico que tenemos. Son las huellas de las batallas que no se ven, los mapas de una vida vivida sin anestesia. Hay quienes sangran por traiciones, otros por amores no correspondidos, por sueños rotos, por ausencias que no se llenan, por palabras que nunca llegaron o por el silencio que pesó más que cualquier insulto. Pero aquí está el milagro: en medio de ese quebranto universal, también somos medicina. Curamos sin saberlo. En un gesto amable, en la escucha sin juicio, en la presencia silenciosa que dice “te veo”, somos bálsamo. Porque el dolor, cuando es compartido, no se divide: se aligera. ¿Y no será que lo que nos salva no es la perfección, sino la compasión? ¿No será que nuestra belleza no reside en estar intactos, sino en haber sobrevivido rotos y aún así seguir brillando? Ospina diría que no hay civilización sin memoria del dolor. Que el arte, la poesía, la ternura misma, nacen de la grieta. Que sólo el que ha sufrido puede mirar con profundidad. Que las cicatrices no deben avergonzarnos: son testimonio de que hemos vivido, de que hemos sentido, de que hemos amado con la fuerza suficiente para perder. Así que no escondas tus heridas. No las maquilles con urgencia. Déjalas hablar, aunque sea en susurros. Porque quizá lo que hoy te duele, mañana será puente. Porque todos estamos heridos, sí, pero también todos somos faros. Y en esta noche compartida de la existencia, un poco de luz desde tu orilla puede salvar a otro del naufragio. Y eso, eso también nos hace humanos.



 

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