El domingo tenía la textura extraña de esos días en los que uno apenas logra distinguir el límite entre el sueño y la vigilia. Había caído en una siesta breve —de esas que no curan el cansancio sino que lo reorganizan en capas más profundas— cuando sonó el teléfono. Al otro lado de la línea, una voz entrecortada por la angustia: doña Olga Yepes.
La conocía de nombre, una amiga cercana a la Corporación Laboratorios Pedagógicos de Familia. Pero ese día, su voz tenía una urgencia distinta, algo en la respiración, algo en el temblor con que pronunció su primera frase: “Habla con la fiscal de la URI de Kennedy.” Mi cuerpo entero se activó como si un código desconocido se hubiera ingresado en mi sistema. ¿Qué había hecho? ¿Qué delito podía haber cometido yo?
La respuesta me tomó por sorpresa: “No, nada. Solo necesito que atienda a mi hijo. Que lo acompañe.”
Así conocí a Juan David. Ingeniero. Brillante. Pero más allá de los títulos, era un joven lleno de aristas, de preguntas, de caminos por explorar. Él llegó a enseñarme, sin saberlo, nuevas formas de mirar la vida. Su presencia fue una especie de espejo que no solo reflejaba lo que yo era, sino también lo que aún podía llegar a ser. Con él aprendí a construir —literal y simbólicamente— puentes entre generaciones, entre heridas y esperanzas, entre ciencia y alma.
Y fue entonces cuando conocí de verdad a doña Olga. Su nombre ya no era solo un registro en la memoria institucional de la Corporación, sino una presencia constante, una mujer que resistía en silencio. De esas madres que no salen en los noticieros, pero que cargan sobre los hombros la entera estructura moral de una comunidad. Su voz ya no era solo preocupación: era ternura, lucha, temblor, sabiduría. Una mujer que ha caído muchas veces, sí, pero que ha tenido la osadía de levantarse siempre, incluso cuando no quedaba nada.
Hoy la presento no como una usuaria, ni como una madre angustiada, sino como lo que realmente es: una heroína anónima. Una mujer que ha hecho de su vida un
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