Marcelo Torres Cruz – Director Ejecutivo de la Corporación Laboratorios Pedagógicos de Familias
La risa como anestesia del alma
Siempre creímos que El Chavo del 8 era una comedia. Un rincón seguro de infancia. Pero, ¿y si no lo era? ¿Y si detrás de cada carcajada se escondía una constelación familiar completa, una herida colectiva disfrazada de sketch? Nos reíamos para no llorar. Cada escena era un espejo; cada personaje, un arquetipo. Lo que parecía una vecindad era, en realidad, un sistema emocional colapsado: niños solos, madres desbordadas, padres ausentes, vínculos fracturados. Lo que llamábamos “comedia” era una pedagogía del trauma que no sabíamos nombrar.
Personajes como símbolos, no caricaturas
Don Ramón no era solo el flojo simpático: era el exiliado del sistema patriarcal. El hombre que no encaja, que vive endeudado de amor y sociedad. Quico, el niño inflado de juguetes y vacío de abrazos, era el síntoma emocional de una madre que, como Doña Florinda, no pudo perdonar el abandono masculino. Y El Chavo… ¿cómo nombrar al niño sin nombre, sin hogar, sin voz? Era todos y era ninguno. El hijo del abandono colectivo. El dolor hecho personaje. El espejo de las ausencias que cargamos desde que el sistema nos enseñó que hay dolores que es mejor no decir.
Un loop de traumas disfrazados de rutina
La vecindad no era una calle. Era un campo mórfico donde se repetían las exclusiones, los mandatos, las lealtades invisibles. Ñoño tragaba la ansiedad de su padre. La Chilindrina reía para sobrevivir. El Profesor Jirafales encarnaba la figura del adulto emocionalmente inmaduro. Y el elenco real terminó contaminado por el mismo guion no sanado: demandas, traiciones, egos heridos. Lo que veíamos en pantalla no era ficción; era repetición. Un trauma no nombrado busca perpetuarse, y si no lo paramos, se convierte en destino.
¿Y tú, a quién representas en tu familia?
Tal vez seas Don Ramón, intentando encontrar un lugar. O Chilindrina, ocultando tu tristeza tras una risa. Tal vez eres Quico, lleno de lo que no necesitas, pero hambriento de amor. O tal vez eres El Chavo… esperando que alguien te diga: “este sí es tu hogar”. Lo que parecía solo un programa de televisión era, en realidad, una pedagogía inconsciente de nuestros vacíos. Porque lo que no se elabora se actúa, y lo que no se sana… se hereda. Y entonces, sin darnos cuenta, seguimos habitando la vecindad del dolor sin nombre.
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