Volví al colegio Manuelita Sáenz IED. Crucé sus puertas como quien se adentra en un sueño que ha mutado con el tiempo. Los pasillos eran otros, los rostros también, pero algo en el aire me resultaba familiar, como si una parte de mí nunca se hubiese ido del todo. Había cambiado la piel del edificio, pero no su alma.
Me encontré con nuevas miradas, algunas jóvenes, otras curtidas por la vocación y la resistencia. Entre ellas, reconocí a tres faros que siguen iluminando la educación como acto de rebeldía y esperanza: Sandra, Henry y Lupe. Sus nombres me saben a lucha, a fe sembrada entre pupitres, a manos que no sueltan.
Y entonces ocurrió: entré al salón. Ese espacio que hace 13 años fue el útero donde nacieron los Laboratorios Pedagógicos de Familias. Ahí estaba todo: las paredes decoradas, los símbolos, las huellas invisibles de una historia que se niega a morir. La memoria se encendió como una llamarada: recordé los reconocimientos, las miradas sorprendidas de entidades nacionales e internacionales que entendieron que algo distinto estaba ocurriendo allí, algo auténtico, necesario.
Pero la raíz se hunde más hondo. Porque hace 18 años, ese mismo colegio me permitió explorar los cuerpos y sus lenguajes ocultos, me abrió puertas a lo corporal como territorio de resistencia, como lugar de encuentro, de sanación.
Hoy sólo puedo agradecer. Agradecer a la profesora Sandra Rojas, por su cercanía cálida, por su confianza silenciosa, por su abrazo constante a nuestra Corporación Laboratorios Pedagógicos de Familias. Volver al Manuelita fue más que un reencuentro: fue mirar el tiempo de frente y entender que hay historias que siguen latiendo, tercas, vivas, urgentes.
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