La patria sin padre
Columna del día
Por Marcelo Torres Cruz
Corporación Laboratorios Pedagógicos de Familias "LPF"
Nos dijeron que madre solo hay una. Lo repetimos hasta el cansancio, como si fuera un mantra, como si allí se condensara toda la sabiduría del hogar. Y sin embargo, también nos dijeron —aunque a veces en susurros, otras con una risa cínica— que padre es cualquiera. Ese fue uno de los legados más tristes, más torcidos, que nos dejó la Colombia del último siglo. Un país que aprendió a ensalzar la maternidad y a invisibilizar la paternidad, como si una fuera destino sagrado y la otra accidente biológico.
Colombia, país de ausencias. De padres que no están y de hijos que no preguntan por ellos porque les enseñaron que no importan. ¿Cómo no iba a resquebrajarse el tejido de nuestra sociedad, si durante décadas le restamos valor a la mitad de la ecuación del hogar?
No es solo un problema moral o afectivo. Hay algo más profundo que se está desgastando, una fibra silenciosa pero esencial: la cultura de ser padre. No hablo del hombre que aporta un apellido o que envía una mensualidad, sino del que forma, del que se queda, del que transmite fuerza, dirección, carácter. Ese que enseña que el éxito no es suerte, sino disciplina. Ese que no solo pone límites, sino que escucha. Que no solo corrige, sino que acompaña. Que no solo provee, sino que se entrega.
Los estudios —esos que tantas veces ignoramos en el debate público— lo dicen sin rodeos: el padre es una fuente de fuerza. No de fuerza bruta, sino de esa que se necesita para enfrentar la vida sin temerle al fracaso, sin entregarse al caos. El padre moldea en la hija la idea del hombre que merecerá amar; en el hijo, el espejo de lo que podría llegar a ser. Y sin embargo, nuestra sociedad parece haber olvidado esa dimensión.
Fuimos un país que creció bajo la sombra del macho. Ese agudo machito de machete al cinto, voz gruesa y presencia ausente. Ese padre que educó con gritos o con silencios, pero nunca con ternura. Y así, muchos se convirtieron en padres no porque lo eligieron, sino porque nadie les mostró cómo ser otra cosa. Porque ser padre no era una vocación, era una consecuencia.
Hoy las leyes —en su intento de corregir siglos de injusticia— parecen muchas veces borrar al padre en vez de transformarlo. Legitiman una idea de familia incompleta, como si el remedio al patriarcado fuera la orfandad emocional. Y no se trata de imponer modelos, sino de no seguir desarmando lo que aún puede sanar.
Porque no solo estamos perdiendo padres: estamos perdiendo referentes. Y una nación sin referentes, sin figuras que enseñen a mirar el horizonte con dignidad, es una patria huérfana.

