viernes, 21 de febrero de 2025

¿Qué tomamos de los padres?

 ¿Qué tomamos de los padres?

Columna de Marcelo Torres Cruz

Corporación Laboratorios Pedagógicos de Familia

Hay heridas que se heredan como un apellido. Cargas invisibles que llevamos sin saberlo. Al mirar hacia atrás, a ese par de figuras que nos dieron la vida —padre y madre—, descubrimos que el relato de nuestra existencia está marcado por sus luces y sombras. A veces con gratitud. A veces con quejas. Pero siempre, siempre, con una marca indeleble.
Todos, en algún momento, hemos mirado a nuestros padres con reproche. Les hemos reclamado por lo que no supieron darnos, por lo que no supieron decir, por el amor que entregaron a medias o a su manera. Les reclamamos si se quedaron y su presencia fue asfixiante. Les reclamamos si se fueron y su ausencia se volvió un eco que no cesa. Nos quejamos porque nunca fueron exactamente como esperábamos. Pero, ¿alguna vez nos hemos preguntado qué tomamos de ellos?
La infancia es una tierra donde germinan raíces profundas. Allí, entre juegos y silencios, aprendemos a confiar o a temer. La madre nos da el permiso de creer en nosotros mismos, de amarnos, de abrazar la abundancia sin culpa. Pero, ¿qué pasa si ese permiso nunca llegó? ¿Cómo se camina por la vida cuando la voz que debía decir: "Te amo" se ahogó en la garganta de alguien que tampoco lo escuchó en su infancia?
Del padre recibimos fuerza, disciplina, el impulso para conquistar el mundo. Su palabra —o su silencio— construye el armazón de nuestros sueños. Pero, ¿y si esa estructura fue débil? ¿Y si la figura paterna fue apenas una sombra? ¿Cómo se enfrenta la vida si nadie nos enseñó a pedir, a defender lo que merecemos, a luchar por lo que soñamos?
El psicoanalista Carl Jung decía que no somos lo que nos pasó, sino lo que elegimos ser a partir de lo que nos pasó. Entonces, la pregunta que debemos hacernos es: ¿Qué elegimos tomar de nuestros padres? Porque, aunque la herencia emocional esté marcada por ausencias o excesos, la vida adulta nos da la oportunidad de decidir. Podemos cargar la mochila de reproches o abrirla para rescatar lo valioso. Podemos quedarnos en la narrativa del dolor o escribir una historia distinta.
"Gracias, tomo mi vida, la tomo de ustedes, toda, al precio completo que les ha costado y que me cuesta a mí". Estas palabras son un acto de reconciliación. Son la aceptación de que la vida no es perfecta, que el amor no siempre se expresa como quisiéramos. Son el reconocimiento de que, para caminar ligeros, debemos dejar de reclamar lo que no fue y abrazar lo que sí es. Tomar todo: la herida y la fuerza. El vacío y la abundancia.
Porque al final, ¿qué tomamos de los padres? Tomamos la vida misma. Y con ella, la posibilidad de convertir cada fragmento, cada herida, en una oportunidad de plenitud. La verdadera herencia no está en lo que faltó, sino en lo que elegimos construir con lo que recibimos.



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