Aún resuenan en mi memoria los ecos de aquella mañana incierta, cuando crucé la puerta de la sala de conferencias en Inglaterra, sabiendo que mis palabras no me pertenecían del todo, sino que flotaban ya en el aire, esperando ser tejidas en el discurso de una pedagogía urbana. Fue mi primera entrevista internacional para Firpot, y el peso de la ocasión me apretaba el pecho con una mezcla de nervios y júbilo.
La luz tenue de la sala se filtraba entre las rendijas de las cortinas, como si la propia atmósfera contuviera la respiración, aguardando el momento en que mi propuesta pedagógica se convirtiera en tema de discusión. Allí, en ese rincón de mundo donde las ideas se moldeaban con rigor y paciencia, sentí que mi voz, surgida de la entraña de Colombia, encontraba un eco inesperado.
Hablaban de una recomendación, de un modelo posible dentro del marco de nuestra sociedad, y en cada palabra dicha, en cada gesto de asentimiento, comprendí que lo que había nacido en la raíz de mi tierra ahora se desplegaba como un árbol de hojas anchas bajo cielos extranjeros. Fue un instante sublime, no solo por el reconocimiento, sino porque en esa aceptación de mi propuesta vi reflejada la necesidad de cambio, la certeza de que la educación, como un río de aguas rebeldes, siempre encuentra su cauce.

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