A veces la vida nos regala encuentros que despiertan el corazón. Así me ocurrió con la familia de don Cristian y doña Lorena, y con sus dos hermosas princesas, que en su inocencia y ternura revelan el silencio donde Dios susurra. Acompañarlos ha sido como ver una lámpara que, poco a poco, se enciende desde adentro: una luz que no se impone, pero transforma.
En cada paso que dieron juntos descubrí que el crecimiento emocional y personal no es un camino recto, sino un aprendizaje que se hila en la paciencia, la escucha y la humildad. Vi logros, sí, pero sobre todo vi juntanza: esa fuerza invisible que une a quienes deciden caminar como familia, pese al cansancio, las dudas o las tormentas. En ellos, el amor no fue un discurso: fue un gesto cotidiano, una mano que sostiene, un silencio que comprende.
Ahora, mirando hacia los nuevos desafíos que traerá el 2026, contemplo una familia que ha logrado un crecimiento hermoso, profundo, en muchos ámbitos de la vida. Y al verlos avanzar, descubro también cómo uno mismo crece cuando se acerca a quienes buscan vivir con autenticidad y esperanza.
Anoche me recibieron con dos regalos. Pero comprendí que el mayor regalo no estaba envuelto: era estar allí, ser acogido en su hogar, sentir su gratitud y reconocer que la vida me ha honrado permitiéndome acompañarlos. En su presencia entendí una vez más que acompañar a otro es también ser acompañado, y que el verdadero milagro sucede cuando el corazón se ensancha al ver florecer a los demás.
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