domingo, 16 de noviembre de 2025

Bogotá se quedó sin Alma

Bogotá, la ciudad que se quedó sin alma

Columna de Marcelo Torres Cruz, director ejecutivo de la Corporación Laboratorios Pedagógicos de Familia

Bogotá vuelve a sangrar. No es solo una herida aislada: es una constelación oscura de hechos que, sumados, dibujan un rostro que preferimos no mirar de frente. Los últimos sucesos en la ciudad no son simples episodios de violencia; son síntomas de un cuerpo social enfermo, señales inequívocas de algo que he venido advirtiendo desde hace años: Bogotá perdió su cultura ciudadana, esa fuerza silenciosa que antaño sostuvo lo poco que teníamos de civilidad.

Hubo un tiempo —parece lejano, casi mítico— en el que las administraciones creían que la ciudad también debía ser educada. Antanas Mockus nos enseñó, con ese humor raro y desconcertante que lo caracterizaba, que una metrópoli no se sostiene solo a punta de cemento, sino de vínculos. Nos invitó a querer a Bogotá, a cuidarla, a sentirnos parte de una obra colectiva.
Hoy, ese legado es un recuerdo erosionado. Las administraciones posteriores lo dejaron marchitar. Lo abandonaron como se abandona un libro en el fondo de un cajón. Y cuando se deja de cultivar lo humano, lo inhumano empieza a germinar.

Mírenla ahora: una ciudad huérfana. Creció, sí, pero hacia afuera. El modelo de Peñalosa levantó puentes, ciclorrutas, avenidas, troncales, estaciones de TransMilenio… estructuras gigantes y frías como un exoesqueleto urbano. Pero lo que sostiene una ciudad no es su esqueleto: es su corazón. Mientras lo urbano crecía, lo humano se hacía pequeño, cada vez más pequeño, hasta volverse casi invisible.

Por eso hoy somos testigos de escenas que hace dos décadas eran impensables. Mototaxistas linchando a un ciudadano en plena vía, como si el cuerpo del otro no valiera absolutamente nada. Cuerpos golpeados, expuestos, abandonados, convertidos en basura del drama urbano. Casos de violencia intrafamiliar que aumentan, sin que nadie parezca escuchar los gritos tras las paredes de los apartamentos. Violencia social que estalla en cualquier esquina. Una ciudad que vive a sobresaltos, como si hubiera perdido la memoria de lo que significa respetar la vida ajena.

Y luego, la escena absurda y brutal del taxista ebrio arrollando a un grupo de personas. Un acto sin conciencia, sin freno, sin humanidad. Un espejo roto donde Bogotá se refleja y no se reconoce.

Mientras tanto, el alcalde está desaparecido. Perdido en su propia administración, ajeno al caos creciente. No hay norte, no hay brújula, no hay liderazgo. La cultura ciudadana no está en su agenda, ni en su discurso, ni en su mirada. La politiquería lo absorbió todo, devoró lo poco que quedaba de proyecto humano.

Porque de eso se trata: la cultura ciudadana no es un eslogan, es un tejido.
Es un pacto susurrado entre desconocidos.
Es ceder el paso.
Es respetar la vida del otro.
Es amar lo común.
Es sentir, profundamente, que la ciudad es más grande que nuestros impulsos.
Y cuando ese tejido se rompe, la ciudad se vuelve un archipiélago de islas solitarias, un conjunto de individuos desconfiados que solo esperan a ver quién golpea primero.

Lo entendí con crudeza hace unos días, cuando un habitante de calle me dijo, con la voz ronca y el alma desnuda:
“Viendo cómo gobiernan ahora, quizás Pablo Escobar le terminó haciendo un favor al país.”
Lo dijo sin ironía, con la resignación de quien ha visto de cerca la miseria humana. Y por doloroso que sea escucharlo, esa frase debería estremecernos. Cuando los ciudadanos empiezan a comparar la ineficacia del presente con la barbarie del pasado, estamos tocando fondo.

Bogotá necesita, con urgencia, volver a ser una cumbre pedagógica, un laboratorio vivo de convivencia, un territorio donde educar al ciudadano importe tanto como levantar una nueva avenida. Porque sin cultura ciudadana no hay ciudad: hay multitud; hay ruido; hay caos.

Y es en ese borde peligroso donde hoy nos encontramos. La pregunta, entonces, no es qué ha pasado con Bogotá, sino si todavía estamos a tiempo de recuperarla.

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